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Trans-National Profiles

Gregorio Sanchez
Transnational Profile
Lives in San Diego, Native of San Juan Cahuayaxi, Oaxaca, Mexico.

Gregorio, age 30, gets up early each day to cut lawns, pick up fallen leaves and plant trees with the hope of one day giving a better life for Diego, his six-month old son.

Goyo, as he is called by his friends, arrived to San Diego some 12 years ago from a small non descript town in Oaxaca, called San Juan Cahuayaxi. He crossed the border in fear paying $500. Now he legally drives a pick up truck that he uses to load the cut grass and leaves that he and another compatriot collect from the lawns and gardens around Carmel Valley.

Since 1992 Gregorio returned to his hometown at least once a year to visit his childhood sweetheart, Herminia, however, the letters, calls and annual visits were never really enough. Ultimately, Hermina made a one-way trip to the United States to be reunited with Gregorio. Hermina arrived just two years ago crossing the border without any problem thanks to the help of coyotes that charged her $1,500. That’s how she arrived in America in 2001, staying with Gregorio in hope of a better life. Sometime later, and thanks to her husband’s medical insurance, Medi-Cal, she arrived at Mercy Hospital to have her first American son, Diego Sánchez, born in San Diego.

Now that Gregorio and his family live in the United States, his contact with México is more sporadic. He no longer returns to his hometown to visit his girlfriend and Herminia can not return home until she arranges her papers through an attorney so that she can legally stay in this country. Still, Gregorio sends $500 every 2 or 3 months to his mother via "Giromex"---contributing his share to the money Mexicans remit back to their homeland.

Gregorio leaves his home in Clairemont each day to cut the grass that one day will allow his family to plant the seeds of a life that is better than the one they once had in San Juan Cahuayaxi.

Gregorio's story as told in his native Spanish

Con sus 30 años encima, Gregorio se levanta muy de mañana para cortar céspedes ajenos, recoger las hojas secas y sembrar los árboles que espera que algún día, puedan darle sombra a su hijo Diego, de apenas seis meses.

Goyo, como lo llaman sus amigos, llegó a San Diego hace 12 años desde Oaxaca, México, de un pueblo desconocido que lleva el nombre de San Juan Cahuayaxi. Cruzó la frontera con miedo y por $500 dólares. Ahora maneja legalmente, una pickup donde carga la cortadora de pasto y alguno que otro paisano a quien le hecha la mano, si ellos lo ayudan a arrancar las flores secas de los jardines de Carmel Valley.

Desde el ‘92 y por costumbre, regresaba a su pueblo una vez al año a visitar a la novia de su niñez, Herminia. Las cartas, las llamadas y las visitas anuales acabaron por no ser suficientes y finalmente, antes de que la distancia hiciera estragos, el amor pudo más que los miedos y ella emprendió su viaje, sin retorno, a los Estados Unidos. Herminia llegó hace apenas 2 años, cruzó la frontera sin problemas, con la ayuda de algunos "cuates" que le cobraron $1,500 dólares por pasarla; así llegó a América, un día cualquiera del año 2001 y se quedó con Gregorio y la promesa de una vida mejor. Tiempo después y gracias al seguro médico de su esposo, el Medi-Cal, se internó en el Mercy Hospital para parir su primer hijo americano, Diego Sánchez, nacido en San Diego.

Ahora que Gregorio y su familia viven en Estados Unidos, su contacto con México se hace cada vez más esporádico, Goyo ya no regresa al pueblo una vez al año a visitar a su novia y Herminia no puede volver todavía sino hasta que termine de arreglar los papeles, por medio del abogado que contrataron, que le permitan quedarse legalmente en este país. Sin embargo, Gregorio todavía le manda dinero a su mamá "ahí cuando puede" a través de "Giromex" le envía unos $500 dólares -cada 2 ó 3 meses- que se añaden al ingreso mexicano de las remesas.

La familia Sánchez vive cerca de Balboa Av. , por el rumbo de Clairemont y desde ahí, salen todos los días a cortar el "sacate" ajeno y a sembrarse la posibilidad de una vida mejor, que no se le parece a la que tendrían en San Juan Cahuayaxi.